Mitos, falsas creencias y realidades sobre la violencia sexual infantil
Desmitificación de la figura del agresor y sus conductas
En el ámbito de la protección de la infancia, persisten falsas creencias sobre la agresión sexual.
Una concepción errónea sostiene que los agresores son individuos con graves enfermedades mentales, alienados o extraños marginales.
La realidad demuestra que cualquier persona puede cometer violencia sexual, sin necesidad de presentar una patología psiquiátrica.
Generalmente, son personas conocidas o miembros del entorno cercano como familiares, vecinos o docentes.
Estas personas aparentan una conducta socialmente adaptada, ocultando sus intenciones. Asimismo, se asume incorrectamente que los agresores actúan impulsados por una falta de control biológico irreprimible o por consumo de sustancias.
En verdad, la agresión es una decisión en la cual el sexo se utiliza como instrumento de dominación, violencia y ejercicio de poder.
Tampoco se emplea siempre la fuerza física, pues se recurre frecuentemente al engaño, la persuasión, el chantaje emocional y las amenazas para asegurar el sometimiento y el silencio de la víctima en su entorno.
Falsas creencias sobre el entorno, el contacto y las víctimas
Existen mitos extendidos respecto al lugar donde ocurren estas agresiones y a las características de las víctimas.
Se cree erróneamente que la violencia ocurre únicamente en la vía pública o en contextos de marginalidad económica.
Sin embargo, los datos reflejan que las agresiones se producen de manera transversal en todos los estratos socioculturales, sucediendo predominantemente dentro del propio hogar o en espacios cotidianos.
Por otra parte, suele suponerse que el abuso se limita únicamente a actos con penetración o contacto corporal directo.
La realidad señala que el abuso abarca manifestaciones sin contacto físico, tales como la propia exhibición de genitales, la exposición a material pornográfico o las miradas y comentarios inapropiados.
Del mismo modo, es totalmente falso que las víctimas provoquen el acto mediante su comportamiento o vestimenta, o que la violencia afecte exclusivamente a niñas, puesto que los niños también son agredidos, independientemente de su edad, género o apariencia física.
Realidades en la credibilidad y el subregistro de denuncias
Una de las barreras más perjudiciales para la actuación es el mito de que la infancia miente, fantasea o formula denuncias falsas de manera habitual.
La evidencia sostiene que los testimonios infantiles son plenamente creíbles y que el porcentaje real de denuncias infundadas es extremadamente bajo, situándose alrededor del dos por ciento.
Por el contrario, la principal problemática es el severo subregistro existente, ocasionado por la culpa, la vergüenza, el temor a represalias o el miedo constante a la ruptura de la propia estructura familiar. Las niñas y niños raramente inventan situaciones de índole sexual.
Al calificar sus relatos como fabulaciones, la sociedad revictimiza a los menores y perpetúa la impunidad de los agresores.
Por tanto, la prevención efectiva exige desmontar activamente estos estereotipos, otorgar credibilidad oportuna al relato infantil así como reconocer que la violencia sexual representa una problemática estructural basada en claras asimetrías de poder social.
Resumen
La violencia sexual infantil está rodeada de mitos que distorsionan la realidad del agresor. Este no suele ser un desconocido con enfermedad mental, sino una persona cercana que utiliza la manipulación y el poder.
Es falso que el abuso ocurra únicamente en sectores vulnerables o requiera contacto físico penetrativo. Las agresiones se producen en todos los entornos sociales e incluyen exhibicionismo, pornografía, miradas y comentarios inapropiados.
Las denuncias falsas son mínimas, representando cerca del dos por ciento. La infancia no miente sobre situaciones sexuales; la falta de denuncias obedece al temor y la culpa, exigiendo otorgar credibilidad al relato infantil.
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