Normalización de emociones intensas
Entender la función evolutiva y comunicativa de cada emoción
En el nivel avanzado de gestión emocional, profundizamos en la comprensión de que no existen emociones "negativas" en el sentido de "malas" o "innecesarias".
Cada emoción, por dolorosa que sea, tiene una función evolutiva y comunicativa específica.
La ira nos informa de que nuestros límites han sido transgredidos o de que percibimos una injusticia, movilizándonos para la defensa.
La tristeza nos señala que hemos perdido algo valioso, fomentando el repliegue para procesar la pérdida y buscar apoyo social.
El miedo nos alerta de peligros potenciales para asegurar nuestra preservación.
Cuando etiquetamos estas emociones como enemigos a abatir, perdemos la información vital que traen consigo.
El trabajo terapéutico consiste en descodificar el mensaje sin ser secuestrado por él.
Si alguien siente envidia intensa, en lugar de juzgarse por ser una "mala persona", puede explorar qué señala esa envidia: a menudo revela un deseo profundo o un valor insatisfecho que la persona querría para sí misma.
Al validar la función de la emoción ("tiene sentido que sienta esto porque me importa"), reducimos el conflicto secundario.
No intentamos apagar la luz del tablero del coche (la emoción); intentamos leer qué avería o necesidad señala esa luz para poder actuar en consecuencia (reparar, cuidar, proteger), permitiendo que la emoción se disipe una vez cumplida su función informativa.
La complejidad emocional: mezcla de sensaciones y etiquetado
Las emociones no suelen presentarse en estado puro, sino como cócteles complejos de sensaciones fisiológicas.
Lo fascinante es que la respuesta biológica de nuestro cuerpo ante situaciones muy diferentes puede ser casi idéntica.
Consideremos la taquicardia, la sudoración de las manos, la respiración acelerada y la tensión muscular.
Este cuadro fisiológico se presenta tanto si estamos aterrorizados antes de un examen como si estamos extremadamente excitados antes de una primera cita con alguien que nos gusta mucho o antes de subirnos a una montaña rusa.
La diferencia entre "miedo" y "excitación" (o entusiasmo) a menudo reside en la etiqueta cognitiva que aplicamos a esas sensaciones y el contexto en el que ocurren.
Si interpretamos la taquicardia como "algo va mal", sentimos ansiedad. Si la interpretamos como "estoy listo y con energía", sentimos excitación.
En ACT, ayudamos al cliente a desmantelar la etiqueta verbal y bajar a la experiencia física directa.
Si un cliente dice "tengo una ansiedad horrible", le invitamos a observar la energía vibrante en su cuerpo.
A veces, podemos reeva luar esa energía no como una señal de que debemos huir, sino como el combustible que el cuerpo nos proporciona para afrontar u
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