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El hexaflex explicado: los 6 pilares de la flexibilidad psicológica - terapia aceptacion compromiso
La flexibilidad psicológica es la capacidad de estar en contacto con lo que ocurre dentro y fuera de ti, abrirte a la experiencia tal como es y responder de manera deliberada según lo que te importa. No se trata de sentirte bien todo el tiempo, sino de vivir bien, incluso cuando lo que sientes es difícil. En lugar de pelear con los pensamientos y emociones, este enfoque propone relacionarte con ellos de una forma más amplia y útil.
Esta manera de estar en el mundo se sostiene en seis procesos que se potencian entre sí. Puedes pensar en ellos como prácticas que, combinadas, te ayudan a moverte con más claridad y propósito. No necesitas dominarlas a la perfección; el trabajo consiste en entrenarlas poco a poco, en situaciones reales, con amabilidad hacia ti mismo.
Los siguientes pilares funcionan como un mapa. No son pasos lineales ni reglas rígidas: son habilidades que se entrelazan y que puedes activar según el momento.
Aceptar no es resignarte ni rendirte. Es hacer espacio para las emociones, sensaciones y recuerdos que aparecen, sin intentar controlarlos a toda costa. Cuando dejas de gastar energía en evitar o suprimir, recuperas recursos para actuar en dirección a lo que te importa. La aceptación es activa: eliges permitir la experiencia interna y, desde ahí, eliges cómo responder externamente.
La mente habla en automático y a veces sus historias suenan como verdades absolutas. La defusión consiste en tomar distancia de esos pensamientos para verlos como lo que son: palabras, imágenes, predicciones. No necesitas pelear con ellos; basta con despegarlos lo suficiente para que dejen de dirigir tu conducta. Esa distancia abre opciones.
Estar presente es anclarte en el momento actual con curiosidad. En lugar de perderte en el pasado o el futuro, vuelves al cuerpo, a los sentidos, a lo que estás haciendo ahora. La atención plena no es forzar calma; es cultivar una calidad de atención abierta y no reactiva que te permite notar lo que importa y elegir la siguiente acción con más acierto.
Más allá de tus historias, hay un “lugar” desde el que observas todo lo que ocurre: pensamientos, emociones, roles, recuerdos. A esta perspectiva se le llama a veces el yo observador. Desde ahí, puedes sostener experiencias intensas sin quedarte atrapado en ellas. No suaviza mágicamente el dolor, pero te recuerda que eres más grande que cualquier contenido mental pasajero.
Los valores son direcciones, no metas que se tildan. Señalan cómo quieres comportarte de manera continua: con qué cualidades, al servicio de qué. Clarificarlos te ayuda a decidir en la incertidumbre y a tolerar el malestar que a veces implica vivir de acuerdo con lo que te importa. No son lo que “debería” importar; son elecciones personales y en movimiento.
Se trata de traducir los valores en comportamientos concretos y sostenibles. No esperes a sentirte perfecto para actuar; la acción comprometida acepta la incomodidad como parte del camino. El foco está en pasos factibles, en iterar y en aprender de los tropiezos sin castigarte. La constancia, no la perfección, es la que genera cambio.
Imagina que debes tener una conversación difícil. Antes, notas un nudo en el estómago y un torrente de “mejor evitarlo”. Practicas presencia plena para sentir el cuerpo y el entorno. Desde el yo observador, reconoces que hay ansiedad, pero no eres la ansiedad. Con aceptación, haces espacio para el malestar. Aplicando defusión, ves el pensamiento “va a salir mal” como una frase, no como una orden. Recuerdas tu valor de honestidad y cuidado, y eliges una acción comprometida: pedir diez minutos a la persona, preparar dos mensajes clave y hablar con respeto.
En este ejemplo, no eliminaste la incomodidad. La usaste como señal y, al mismo tiempo, te orientaste por lo que valoras. Ese es el corazón del enfoque: responder con intención, aunque la mente y el cuerpo estén ruidosos.
Si notas que el malestar te supera con frecuencia, que tus intentos de afrontamiento te están dañando o que te cuesta mucho traducir valores en acciones, considera la posibilidad de acompañarte con un profesional de la salud mental formado en estos enfoques. El objetivo no es depender de alguien, sino entrenar estas habilidades con guía y seguridad, para luego continuar practicándolas en tu vida cotidiana.
Entrenar estos procesos es un viaje, no un destino. Habrá días fluidos y días torpes. Lo importante es seguir regresando, una y otra vez, a lo que importa y al siguiente paso posible. Con paciencia y práctica, esa combinación de apertura, atención y acción va ganando terreno y se convierte en una forma más amable y efectiva de estar contigo y con el mundo.