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El hexaflex explicado: los 6 pilares de la flexibilidad psicológica - terapia aceptacion compromiso

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PorMyWebStudies

2026-01-25
El hexaflex explicado: los 6 pilares de la flexibilidad psicológica - terapia aceptacion compromiso


El hexaflex explicado: los 6 pilares de la flexibilidad psicológica - terapia aceptacion compromiso

Una mirada general a la flexibilidad psicológica

La flexibilidad psicológica es la capacidad de estar en contacto con lo que ocurre dentro y fuera de ti, abrirte a la experiencia tal como es y responder de manera deliberada según lo que te importa. No se trata de sentirte bien todo el tiempo, sino de vivir bien, incluso cuando lo que sientes es difícil. En lugar de pelear con los pensamientos y emociones, este enfoque propone relacionarte con ellos de una forma más amplia y útil.

Esta manera de estar en el mundo se sostiene en seis procesos que se potencian entre sí. Puedes pensar en ellos como prácticas que, combinadas, te ayudan a moverte con más claridad y propósito. No necesitas dominarlas a la perfección; el trabajo consiste en entrenarlas poco a poco, en situaciones reales, con amabilidad hacia ti mismo.

Los seis procesos clave y cómo se aplican

Los siguientes pilares funcionan como un mapa. No son pasos lineales ni reglas rígidas: son habilidades que se entrelazan y que puedes activar según el momento.

Aceptación

Aceptar no es resignarte ni rendirte. Es hacer espacio para las emociones, sensaciones y recuerdos que aparecen, sin intentar controlarlos a toda costa. Cuando dejas de gastar energía en evitar o suprimir, recuperas recursos para actuar en dirección a lo que te importa. La aceptación es activa: eliges permitir la experiencia interna y, desde ahí, eliges cómo responder externamente.

  • Observa la emoción y nómbrala con suavidad: “esto es ansiedad”, “esto es tristeza”.
  • Respira hacia la sensación corporal y dale lugar, como si ampliaras la habitación que la contiene.
  • Pregúntate: “¿Puedo cargar con esto y, aun así, dar un paso pequeño hacia lo que valoro?”

Defusión cognitiva

La mente habla en automático y a veces sus historias suenan como verdades absolutas. La defusión consiste en tomar distancia de esos pensamientos para verlos como lo que son: palabras, imágenes, predicciones. No necesitas pelear con ellos; basta con despegarlos lo suficiente para que dejen de dirigir tu conducta. Esa distancia abre opciones.

  • Añade “estoy teniendo el pensamiento de que…” antes de una idea difícil.
  • Imagina el pensamiento escrito en una nube que pasa o en una hoja que flota río abajo.
  • Di la frase en voz baja varias veces hasta que pierda intensidad y se sienta como un sonido.

Presencia plena

Estar presente es anclarte en el momento actual con curiosidad. En lugar de perderte en el pasado o el futuro, vuelves al cuerpo, a los sentidos, a lo que estás haciendo ahora. La atención plena no es forzar calma; es cultivar una calidad de atención abierta y no reactiva que te permite notar lo que importa y elegir la siguiente acción con más acierto.

  • Usa una ancla breve: siente el contacto de los pies con el suelo durante tres respiraciones.
  • Haz una pausa de 30 segundos y nombra tres cosas que ves, oyes y sientes.
  • En una tarea habitual, reduce la velocidad y nota cada micro paso como si fuera la primera vez.

Yo como contexto

Más allá de tus historias, hay un “lugar” desde el que observas todo lo que ocurre: pensamientos, emociones, roles, recuerdos. A esta perspectiva se le llama a veces el yo observador. Desde ahí, puedes sostener experiencias intensas sin quedarte atrapado en ellas. No suaviza mágicamente el dolor, pero te recuerda que eres más grande que cualquier contenido mental pasajero.

  • Imagina que te sientas en la butaca del observador y ves pasar tu experiencia en un escenario.
  • Nota: “Hay tristeza aquí” en vez de “soy una persona triste”.
  • Recuerda momentos muy distintos de tu vida y observa que el espacio que los nota es el mismo.

Valores

Los valores son direcciones, no metas que se tildan. Señalan cómo quieres comportarte de manera continua: con qué cualidades, al servicio de qué. Clarificarlos te ayuda a decidir en la incertidumbre y a tolerar el malestar que a veces implica vivir de acuerdo con lo que te importa. No son lo que “debería” importar; son elecciones personales y en movimiento.

  • Pregunta: “Si nadie estuviera mirando, ¿qué tipo de persona quiero ser en esta situación?”
  • Elige de tres a cinco palabras-guía (por ejemplo, cuidado, aprendizaje, honestidad, valentía).
  • Escribe por qué te importan y cómo se ven en conductas observables en tu día a día.

Acción comprometida

Se trata de traducir los valores en comportamientos concretos y sostenibles. No esperes a sentirte perfecto para actuar; la acción comprometida acepta la incomodidad como parte del camino. El foco está en pasos factibles, en iterar y en aprender de los tropiezos sin castigarte. La constancia, no la perfección, es la que genera cambio.

  • Define un paso pequeño, específico y calendarizado (qué, cuándo, dónde, cuánto tiempo).
  • Anticipa barreras y prepara microalternativas para cuando aparezcan.
  • Revisa semanalmente: ¿qué funcionó, qué puedo ajustar, cuál es el siguiente paso mínimo?

Cómo se entrelazan en situaciones reales

Imagina que debes tener una conversación difícil. Antes, notas un nudo en el estómago y un torrente de “mejor evitarlo”. Practicas presencia plena para sentir el cuerpo y el entorno. Desde el yo observador, reconoces que hay ansiedad, pero no eres la ansiedad. Con aceptación, haces espacio para el malestar. Aplicando defusión, ves el pensamiento “va a salir mal” como una frase, no como una orden. Recuerdas tu valor de honestidad y cuidado, y eliges una acción comprometida: pedir diez minutos a la persona, preparar dos mensajes clave y hablar con respeto.

En este ejemplo, no eliminaste la incomodidad. La usaste como señal y, al mismo tiempo, te orientaste por lo que valoras. Ese es el corazón del enfoque: responder con intención, aunque la mente y el cuerpo estén ruidosos.

Errores comunes y cómo evitarlos

  • Convertir la aceptación en una técnica para “dejar de sentir”: su propósito es abrir espacio, no anestesiar.
  • Usar la defusión como debate interminable: si te enredas, vuelve al cuerpo y a la acción pequeña.
  • Confundir valores con metas: “salud” es valor; “caminar 20 minutos hoy” es una meta al servicio del valor.
  • Esperar motivación perfecta: la motivación a menudo aparece después de empezar, no antes.
  • Juzgarte por “no hacerlo bien”: observa el juicio, hazle sitio y regresa al siguiente paso viable.

Un plan sencillo para empezar en siete días

  • Día 1: escribe tres valores y una razón personal para cada uno.
  • Día 2: practica una pausa consciente de un minuto, tres veces al día.
  • Día 3: elige un pensamiento difícil y añádele “estoy teniendo el pensamiento de que…”.
  • Día 4: identifica una emoción recurrente y practica respirarle espacio durante 90 segundos.
  • Día 5: define una acción mínima alineada con un valor (10 a 15 minutos) y ponla en el calendario.
  • Día 6: después de la acción, registra qué ayudó, qué obstaculizó y un ajuste para la próxima.
  • Día 7: repasa la semana desde el yo observador; reconoce tu esfuerzo y elige el siguiente paso.

Señales de que puede ser útil pedir apoyo

Si notas que el malestar te supera con frecuencia, que tus intentos de afrontamiento te están dañando o que te cuesta mucho traducir valores en acciones, considera la posibilidad de acompañarte con un profesional de la salud mental formado en estos enfoques. El objetivo no es depender de alguien, sino entrenar estas habilidades con guía y seguridad, para luego continuar practicándolas en tu vida cotidiana.

Entrenar estos procesos es un viaje, no un destino. Habrá días fluidos y días torpes. Lo importante es seguir regresando, una y otra vez, a lo que importa y al siguiente paso posible. Con paciencia y práctica, esa combinación de apertura, atención y acción va ganando terreno y se convierte en una forma más amable y efectiva de estar contigo y con el mundo.

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