Metáforas de dirección
La metáfora de los dos senderistas: la cima vs. el camino
Para ilustrar la diferencia vivencial entre una vida orientada a objetivos y una orientada a valores, utilizamos la metáfora de los dos senderistas. Imaginemos a dos personas que deciden escalar una montaña alta.
El primer senderista está obsesionado exclusivamente con el objetivo: llegar a la cima.
Durante todo el ascenso, camina mirando sus botas, resoplando, enfadado por el calor y la pendiente, preguntando constantemente "¿cuánto falta?".
Para él, el camino es un mero trámite molesto, un obstáculo entre él y su felicidad, que solo ocurrirá en el momento en que pise la cumbre.
El segundo senderista también quiere llegar a la cima (tiene dirección), pero camina conectado con sus valores de apreciación de la naturaleza y vitalidad física.
Mientras sube, nota el cambio de vegetación, siente la brisa fresca, disfruta del esfuerzo de sus músculos y observa las vistas parciales.
Si a mitad de camino estalla una tormenta y ambos tienen que bajar sin hacer cumbre, el primer senderista sentirá que su día ha sido un fracaso total y una pérdida de tiempo.
El segundo, aunque decepcionado, sentirá que ha tenido un día valioso de contacto con la montaña.
Vivir enfocado en valores garantiza que el viaje tenga sentido en cada paso, independientemente de si logramos el resultado final o no.
La metáfora del pianista de concurso
Otra metáfora potente para explicar cómo el apego excesivo al resultado puede destruir el desempeño es la del pianista.
Imaginemos a un músico que ama profundamente tocar el piano (valor de expresión artística).
Cuando toca en casa, solo por el placer de la música, fluye, se emociona y toca maravillosamente.
Sin embargo, se inscribe en un concurso prestigioso donde hay un gran premio económico y reconocimiento (objetivos externos).
Durante el concurso, su mente deja de enfocarse en la belleza de la música y empieza a enfocarse obsesivamente en el premio y en no cometer errores para ganar. Se pone rígido, sus dedos se tensan, y la música pierde alma.
Al intentar "asegurar" el objetivo, se desconecta del valor que le hacía buen músico. Paradójicamente, centrarse solo en la meta le aleja de ella.
Esta metáfora enseña que, cuando nos movemos impulsados por el valor intrínseco de la acción ("toco porque amo la música"), es más probable que alcancemos nuestros objetivos ("tocar bien y quizás ganar") que si hacemos de la meta el único motor de nuestra conducta.
Los valores
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