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La adicción como evitación experiencial

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La adicción como evitación experiencial


El consumo como estrategia para mitigar el síndrome de abstinencia y el dolor

Desde la perspectiva del análisis funcional del comportamiento, las conductas adictivas no se interpretan simplemente como una búsqueda hedonista de placer o una falta de fuerza de voluntad, sino como una estrategia de afrontamiento aprendida y altamente reforzada para gestionar el malestar.

Aunque el inicio del consumo de una sustancia (o de una conducta como el juego) puede estar motivado por la curiosidad o la diversión social, el mantenimiento de la adicción suele estar gobernado por el refuerzo negativo: la persona consume para que algo "malo" desaparezca.

Ese "algo malo" puede ser el síndrome de abstinencia físico (temblores, náuseas), pero frecuentemente es un dolor emocional subyacente o una incapacidad para tolerar estados internos aversivos.

Por ejemplo, una persona puede empezar a fumar tabaco en la adolescencia por presión social, pero continúa haciéndolo años después porque, cada vez que deja de fumar, experimenta una ansiedad aguda e irritabilidad. El acto de encender un cigarrillo elimina instantáneamente esa ansiedad.

El cerebro aprende una lección poderosa: "Si fumo, la ansiedad se va". De manera similar, alguien con un trauma no resuelto puede utilizar el alcohol no para celebrar, sino para apagar los recuerdos intrusivos o la sensación de vacío. La sustancia se convierte en una herramienta de "anestesia emocional".

La terapia busca desmantelar esta función, ayudando al individuo a comprender que el consumo es un intento fallido de controlar experiencias privadas que, irónicamente, se vuelven más fuertes cuanto más se intenta evitarlas mediante la química.

La función del comportamiento adictivo más allá de la sustancia química

Es fundamental ampliar la definición de adicción más allá de la dependencia química.

En este modelo, una adicción se define por su función: cualquier comportamiento que se vuelve compulsivo, que proporciona un alivio a corto plazo pero que causa daño y deterioro vital a largo plazo, y que la persona persiste en realizar a pesar de las consecuencias negativas.

Esto incluye adicciones comportamentales como el trabajo compulsivo, el uso excesivo de pantallas, las relaciones dependientes, la comida o las compras.

Consideremos el caso de una persona que, tras una jornada laboral estresante, se sumerge en videojuegos durante seis horas cada noche.

No hay una sustancia química externa, pero la función es idéntica a la del alcohol: evitar el contacto con sentimientos de soledad, insatisfacción profesional o problemas de pareja. La pantalla ofrece un refugio donde la mente puede desconectarse del malestar.

Otro ejemplo sería alguien que se obsesiona con la limpieza o el orden no por higiene, sino para sentir una sensación de control que calme su caos interno.

Al entender la adicción como un "trastorno de evitación experiencial extremo", el tratamiento deja de centrarse e


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