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Estructura de las sesiones

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Estructura de las sesiones


La arquitectura típica de una sesión de intervención

Aunque este modelo es flexible, las sesiones suelen seguir una estructura coherente para maximizar la eficacia y mantener el foco.

Una sesión estándar no es una charla desordenada, sino un entrenamiento en habilidades psicológicas.

Generalmente, la sesión comienza con una fase de aterrizaje, a menudo mediante un ejercicio breve de mindfulness o centramiento (2-3 minutos).

Esto sirve para que tanto el cliente como el terapeuta dejen atrás el ajetreo del día y se conecten con el momento presente y el propósito de la terapia.

A continuación, se realiza una revisión de la tarea o compromiso de la semana anterior.

Esto es vital: si no se revisa lo que el cliente hizo fuera de consulta, se transmite el mensaje de que el cambio solo ocurre hablando, cuando en realidad ocurre actuando.

El núcleo de la sesión se dedica al trabajo terapéutico central, enfocándose en uno o varios puntos del hexágono de flexibilidad.

Aquí es donde se introducen metáforas, se realizan ejercicios experienciales (como la silla vacía, la visualización o la defusión verbal) y se procesan las barreras que surgen in situ.

Por ejemplo, si el cliente muestra fusión con una preocupación, se trabaja la defusión en ese mismo instante.

Finalmente, la sesión cierra con el establecimiento de una nueva tarea o compromiso conductual para la semana siguiente. Esta tarea debe estar ligada a lo trabajado en la sesión y a los valores del cliente.

La sesión termina con un breve feedback mutuo sobre cómo ha ido el encuentro, ajustando la alianza terapéutica si es necesario.

Duración y enfoque temporal del tratamiento

Al ser una terapia de raíz cognitivo-conductual, ACT suele plantearse como una intervención de duración media y focalizada, no como un análisis indefinido que dura años.

Aunque no hay un número fijo de sesiones (depende de la gravedad y cronicidad del problema), se suele trabajar en formatos de entre 10 y 20 sesiones para problemas focalizados, pudiendo extenderse más en trastornos de personalidad o traumas complejos.

El enfoque es pragmático: se busca dotar al cliente de herramientas para que sea su propio terapeuta lo antes posible.

La terapia se concibe como un curso de entrenamiento para la vida. No se trata de "curar" a la persona para siempre, sino de enseñarle a navegar.

Por ello, el tiempo entre sesiones puede espaciarse conforme avanza el tratamiento (de semanal a quincenal o mensual) para fomentar la autonomía.

El mensaje implícito en la estructura temporal es que la terapia es un andamiaje temporal, no una muleta permanente.

Se anima al cliente a ver cada sesión como una oportunidad para practicar habilidades que debe aplicar fuera.

Si la terapia se alarga indefinidam


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