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Cualidades y ética del profesional eficaz

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Cualidades y ética del profesional eficaz


La objetividad y la gestión de la propia emocionalidad

Un terapeuta eficaz debe mantener un equilibrio delicado entre la empatía y la distancia profesional.

La objetividad es crucial; implica la capacidad de observar la situación del cliente sin que los propios prejuicios, valores o experiencias personales nublen el juicio.

El profesional debe gestionar su propia emocionalidad para no involucrarse excesivamente en el drama del cliente, lo que podría llevar a la pérdida de perspectiva o al agotamiento. No se trata de ser frío, sino de ser un punto de referencia estable.

Si el terapeuta se ve desbordado emocionalmente por los problemas del cliente, pierde su capacidad de ayuda.

La formación extensa y la supervisión son herramientas clave para desarrollar esta "neutralidad benevolente" que permite ser un espejo claro para el cliente.

Escucha activa más allá de las palabras (lenguaje no verbal)

La comunicación en terapia va mucho más allá del intercambio verbal.

Un terapeuta competente posee una capacidad de observación agudizada, capaz de leer "entre líneas".

Esto implica prestar atención no solo a lo que se dice, sino a cómo se dice: el tono de voz, las pausas, la postura corporal, las expresiones faciales y los silencios.

A menudo, el cuerpo comunica lo que la mente intenta ocultar o lo que las palabras no alcanzan a expresar.

Un cambio sutil en la respiración o un gesto de incomodidad pueden ser indicadores vitales de emociones subyacentes que necesitan ser exploradas.

La escucha activa requiere una presencia total, libre de distracciones, donde el terapeuta se sumerge completamente en la experiencia del cliente para captar la totalidad del mensaje.

Límites éticos: evitar consejos directos y juicios

La ética profesional impone límites claros diseñados para proteger tanto al cliente como al proceso terapéutico.

Uno de los principios fundamentales es la abstención de dar consejos directos sobre cómo vivir la vida.

El objetivo es empoderar al cliente para que tome sus propias decisiones, no crear dependencia del terapeuta. Además, el espacio terapéutico debe ser, ante todo, un entorno libre de juicios.

El terapeuta debe cultivar una actitud de aceptación y curiosidad, evitando etiquetar las acciones o sentimientos del cliente como "buenos" o "malos".

La confidencialidad es otro pilar ético innegociable; el cliente debe tener la certeza absoluta de que su privacidad está resguardada, salvo en las excepciones legales específicas relacionadas con el riesgo de daño grave.

Resumen

El terapeuta eficaz equilibra la empatía con la distancia profesional, manteniendo la objetividad. Debe gestionar su propia emocionalidad para no perder la perspectiva ni agotarse ante el drama del cliente.

La escucha activa trasciende el intercambio verbal, requiriendo una observación agudizada del lenguaje no verbal. El terapeuta lee el tono y los gestos para captar mensajes que las palabras ocultan.

La ética profesional prohíbe dar consejos directos para evitar la dependencia. Es fundamental crear un entorno libre de juicios y garantizar la confidencialidad, salvo en situaciones de riesgo inminente.


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