Preguntas difíciles o desconocidas
Admitir "No sé" con profesionalismo
El temor a no saber la respuesta a una pregunta es una de las mayores fuentes de ansiedad para un orador, pero la gestión de esta situación define su verdadera credibilidad. Es imposible tener un conocimiento enciclopédico infinito.
Si surge una cuestión para la cual no se tiene respuesta, bajo ninguna circunstancia se debe inventar o improvisar datos falsos.
El público tiene un radar muy fino para la falta de honestidad, y ser descubierto en una mentira destruye instantáneamente la reputación construida durante toda la charla. La respuesta más profesional es la sinceridad.
Admitir tranquilamente "No tengo ese dato específico en este momento" o "Esa área excede el alcance de mi experiencia técnica" no resta autoridad; al contrario, refuerza la honestidad del orador.
Por ejemplo, si se le pregunta sobre un aspecto legal a un técnico, es válido decir: "Mi especialidad no es la legal, y prefiero no darte una información imprecisa". La vulnerabilidad honesta es mucho más respetable que la arrogancia ignorante.
Comprometerse a buscar la respuesta y apoyo en el público
No saber la respuesta no significa dejar al asistente sin solución. La estrategia correcta es convertir el "no sé" en un compromiso de servicio.
El orador debe ofrecerse a investigar la información y enviarla posteriormente por correo electrónico o tratarla en una sesión futura.
Esto demuestra responsabilidad y cuidado hacia la audiencia. Otra táctica efectiva es recurrir a la inteligencia colectiva.
Si el orador no conoce la respuesta, puede redirigir la pregunta al auditorio: "¿Alguien en la sala tiene experiencia con este caso específico?". A menudo, entre el público hay expertos que pueden aportar valor.
Esto no solo resuelve la duda, sino que dinamiza la sesión y valora el conocimiento de los asistentes, quitando presión
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