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La Naturaleza de la Confianza

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La Naturaleza de la Confianza


La imposibilidad de la exigencia inmediata

La confianza es, por definición, un activo que no se puede decretar, exigir ni acelerar artificialmente.

A menudo escuchamos en las relaciones demandas como "¡Tienes que confiar en mí!", como si la confianza fuera un interruptor que se puede encender a voluntad.

Sin embargo, la realidad psicológica es que la confianza es un resultado, nunca un prerequisito que se pueda imponer. Es una construcción orgánica que requiere tiempo y evidencia acumulada.

Intentar forzar a alguien a confiar sin haber establecido los cimientos necesarios es un acto de violencia emocional que suele generar el efecto opuesto: sospecha y retraimiento.

Podemos visualizar la confianza como una cuenta bancaria emocional o la construcción de un edificio. No se puede habitar el edificio antes de poner los ladrillos, uno por uno.

Cada interacción positiva, cada momento donde la palabra coincide con la acción, es un ladrillo.

Si alguien acaba de conocer a otra persona o si ha habido una traición previa, la demanda de "confianza ciega" es irracional.

La única respuesta honesta ante la petición de confianza inmediata es: "Te daré la oportunidad de ganarte esa confianza a través de tus acciones consistentes en el tiempo". Es un proceso de observación y verificación, no de fe ciega.

La paciencia es fundamental; querer saltarse el proceso natural de construcción de confianza es una señal de inmadurez o de intenciones manipuladoras.

La tríada de madurez, consistencia y honestidad

Para que la confianza eche raíces profundas, deben estar presentes ciertos ingredientes de carácter en la otra persona.

El primero es la madurez, entendida como la capacidad de asumir responsabilidad por las propias acciones y emociones.

El segundo es la consistencia; es decir, que la persona sea la misma hoy que mañana, que sus valores no fluctúen según su estado de ánimo.

Si alguien es errático, impredecible o culpa a factores externos de sus fallos (como tener un "mal día"), es imposible confiar en él, porque no sabemos con qué versión nos encontraremos la próxima vez.

El tercer pilar es la honestidad radical. La confianza florece cuando percibimos que la otra persona no nos oculta quién es, incluso sus partes menos atractivas.

Si alguien se esfuerza demasiado por impresionarnos o proyectar una imagen perfecta, nuestro radar interno detecta la falsedad y se activa la desconfianza.

Paradójicamente, confiamos más en alguien que admite sus defectos y errores abiertamente que en alguien que finge perfección.

La autenticidad, la capacidad de mostrarse vulnerable y la coherencia entre lo que se dice y se hace son los únicos fertilizantes reales para la confianza.

Sin estos elementos de carácter, cualquier intento de intimidad es un castillo de naipes.

RESUMEN

La confianza no es un derecho que se pueda exigir instantáneamente, sino una estructura que se edifica ladrillo a ladrillo a través del tiempo, basándose en la evidencia de acciones repetidas.

Intentar acelerar este proceso natural o demandar fe ciega es contraproducente; la confianza real surge únicamente como resultado orgánico de observar el comportamiento del otro en diversas circunstancias.

Los pilares que sostienen la confianza son la madurez para asumir responsabilidades, la consistencia en el comportamiento a lo largo del tiempo y la honestidad radical de mostrarse auténtico sin máscaras.


la naturaleza de la confianza

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