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El modelo abc de ellis y beck: entendiendo el origen de las emociones - terapia cognitivo conductual
Las reacciones emocionales no surgen de la nada: están profundamente influenciadas por la forma en que interpretamos lo que nos ocurre. Desde la psicología cognitiva y conductual, se propone que los pensamientos, las creencias y la evaluación que hacemos de las situaciones median entre lo que pasa fuera y lo que sentimos y hacemos. Entender ese proceso abre una puerta a cambiar patrones que parecen automáticos. El enfoque que lo explica de forma más clara es un esquema sencillo y potente que vincula el evento, la interpretación y la consecuencia emocional y conductual. Conocerlo permite identificar dónde intervenir para aliviar malestar y construir respuestas más útiles.
Se trata de una forma de mapear la experiencia en tres elementos: lo que sucede, lo que pensamos sobre ello y lo que sentimos y hacemos como resultado. Esta estructura ayuda a desglosar situaciones confusas y a orientar el trabajo terapéutico o de autoayuda con precisión.
Es el hecho, interno o externo, que dispara la cadena. Puede ser una conversación incómoda, una notificación del banco, una mirada de alguien, un recuerdo repentino o incluso una sensación corporal, como un latido acelerado. A veces el activador es claro y otras es sutil; describirlo con detalle y sin interpretaciones (quién, qué, cuándo, dónde) es clave para entender lo que sigue.
Son los pensamientos, reglas, supuestos y significados que atribuimos al acontecimiento. Incluyen juicios rápidos (“no sirvo”), predicciones (“todo saldrá mal”), exigencias rígidas (“debo hacerlo perfecto”) o etiquetas globales. Muchas veces operan de forma automática, aprendidas a lo largo del tiempo y reforzadas por sesgos de atención y memoria. Aquí también viven las creencias nucleares que moldean nuestra identidad y expectativas.
Son las emociones (ansiedad, rabia, culpa, tristeza), sensaciones físicas (nudo en el estómago, tensión) y conductas (evitar, discutir, buscar seguridad, procrastinar) que emergen tras la interpretación. Lo importante es notar que no es el hecho en sí lo que “produce” el malestar, sino la relación entre el hecho y las creencias activadas.
Distintos autores en el campo cognitivo-conductual explican el mismo patrón con ligeras variaciones en el énfasis. Comprender esas convergencias ayuda a aplicar el esquema con flexibilidad.
Verlo en acción facilita detectar el patrón en tu vida diaria. A continuación, escenarios comunes con su despiece:
Practicar con situaciones reales te permitirá romper automatismos y ganar margen de maniobra.
Algunas formas de pensar sesgan la evaluación de los hechos y amplifican el malestar. Reconocerlas es el primer paso para corregir el rumbo.
Además de las etiquetas, examina reglas internas del tipo “si no gusto a todos, no valgo” o “necesito certeza antes de actuar”. Estas reglas suelen empujar a conductas que mantienen el problema, como evitar o buscar tranquilización constante.
Una vez detectada la creencia problemática, toca someterla a prueba y generar alternativas más ajustadas. No se trata de pensar “positivo” sin base, sino de buscar precisión y utilidad.
Tras el cuestionamiento, formula una interpretación alternativa que sea específica, basada en datos y funcional. Por ejemplo, pasar de “si cometo errores, soy un fracaso” a “cometer errores es parte del aprendizaje; puedo corregir y mejorar”. Evalúa cómo cambia la emoción y el impulso de acción cuando sostienes esta nueva perspectiva.
Modificar interpretaciones lleva tiempo. Mientras tanto, conviene regular las respuestas para no alimentar el círculo vicioso.
Si el malestar es intenso, persistente o interfiere de forma notable en tu vida, valora contar con un profesional entrenado en terapias cognitivas y conductuales. El acompañamiento facilita detectar sesgos sutiles, diseñar experimentos seguros y trabajar creencias profundas con mayor eficacia. También puede integrar técnicas complementarias, como atención plena o entrenamiento en habilidades sociales, cuando sea pertinente.
Comprender la secuencia entre lo que ocurre, lo que pensamos y lo que sentimos y hacemos ofrece un mapa claro para intervenir. Al entrenar la observación de A-B-C, detectar distorsiones, cuestionar su validez y poner a prueba nuevas interpretaciones con acciones concretas, se reduce el malestar y se amplía la libertad para responder de manera alineada con tus metas y valores. La práctica constante convierte un esquema teórico en una herramienta cotidiana: cada situación se vuelve una oportunidad para ajustar el foco, aprender de la experiencia y construir bienestar con intención.