La velocidad y el ritmo
El error de hablar demasiado rápido por nervios
La velocidad del habla es un termómetro directo del estado emocional del orador. Cuando el miedo escénico o la ansiedad toman el control, se activa el mecanismo de "huida", y el cerebro ordena inconscientemente acelerar el discurso para terminar la exposición y salir del foco de atención lo antes posible.
Este atropellamiento verbal tiene consecuencias nefastas: la articulación se vuelve imprecisa, las ideas se amontonan sin dar tiempo a que el público las procese y la respiración se descoordina, llevando al orador a una sensación de asfixia. Una velocidad excesiva transmite inseguridad y falta de preparación.
Además, genera una barrera cognitiva, ya que el oyente se fatiga intentando decodificar el torrente de palabras y termina desconectando.
El orador debe resistir la urgencia interna de correr, entendiendo que la calma y la pausa son signos de dominio y respeto hacia su propio mensaje y hacia el tiempo de la audiencia.
Uso del metrónomo para encontrar el ritmo ideal (80-86 ppm)
Para corregir la tendencia a la aceleración o a la lentitud excesiva, es necesario un entrenamiento rítmico objetivo.
Una herramienta sumamente útil es el metrónomo, un dispositivo que marca pulsos constantes por minuto (ppm).
Estudios sugieren que un ritmo de habla conversacional y claro oscila entre los 80 y 86 pulsos por minuto.
El ejercicio consiste en configurar el metrónomo en este rango y leer un texto intentando encajar las sílabas y las pausas dentro de este compás, similar a como un músico sigue el tempo de una partitura o un cantante de rap ajusta su lírica a una base.
Al principio, el discurso puede sonar robótico o artificial, pero el objetivo es interiorizar esa cadencia.
Con la práctica, este "reloj interno" se instala en la mente del orador, permitiéndole mantener una velocidad constante y adecuada de forma natural, incluso bajo presión, evitando que los nervios actúen como un acelerador descontrolado.
Resumen
Hablar rápido es un síntoma directo de ansiedad y miedo. El cerebro activa el mecanismo de huida, intentando terminar la exposición pronto para salir rápidamente del foco de atención constante.
La velocidad excesiva fatiga al oyente y dificulta la comprensión. El orador debe resistir la urgencia de correr, entendiendo que la calma proyecta un mayor dominio y respeto hacia todos.
Se recomienda entrenar con un metrónomo entre ochenta y ochenta y seis pulsos por minuto. Esta práctica interioriza una cadencia natural que evita que los nervios aceleren el discurso descontroladamente.
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