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Errores comunes que impiden la escucha activa

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Errores comunes que impiden la escucha activa


La Mente Distraída: El Primer Gran Obstáculo

Uno de los errores más comunes y automáticos que cometemos al intentar escuchar es, simplemente, distraernos.

Mientras una persona nos habla, es increíblemente fácil que nuestra mente abandone la conversación y se pierda en un laberinto de pensamientos propios.

Nuestra atención viaja al pasado, recordando eventos anteriores; salta hacia el futuro, planificando lo que haremos después; o se ancla en las tareas pendientes que nos agobian.

Esta divagación mental, aunque a menudo involuntaria, es una barrera formidable para la escucha activa, ya que nos desconecta por completo del momento presente y de la persona que tenemos delante.

Cuando nuestra mente está en otro lugar, somos físicamente presentes pero auditivamente ausentes, lo que impide cualquier tipo de comprensión genuina.

Tomar conciencia de esta tendencia a la distracción es el primer paso para poder redirigir nuestro enfoque y comprometernos verdaderamente con la escucha.

El Impulso de Interrumpir y Juzgar

Incluso cuando tenemos la intención de escuchar, a menudo caemos en la trampa de interrumpir constantemente.

Este impulso nace de nuestro deseo de dar nuestra propia opinión, contar una anécdota que creemos relevante o simplemente añadir algo a la conversación sin esperar el momento adecuado.

Cada interrupción rompe el flujo de la comunicación y destruye el espacio de confianza que la escucha activa intenta crear.

Ligado a esto, otro error fundamental es el de juzgar e interpretar lo que la otra persona está diciendo mientras habla.

En lugar de simplemente recibir la información, nuestro piloto automático se activa para emitir opiniones, hacer suposiciones y formular juicios.

Esta actividad mental interna no es escuchar; es una preparación para imponer nuestras propias ideas, lo que nos impide comprender la perspectiva del otro de manera objetiva.

La Solución Prematura y la Desvalorización Emocional

Con la mejor de las intenciones, a menudo cometemos el error de ofrecer una ayuda anticipada o una solución prematura.

Apenas la persona empieza a contarnos su problema, nos apresuramos a darle consejos, creyendo saber qué es lo mejor para ella sin habernos tomado el tiempo suficiente para entender la situación en su totalidad.

No consideramos que, quizás, la persona solo necesita ser escuchada y comprendida, y que ese es el verdadero acto de ayuda que busca.

Acompañando a este error, encontramos la tendencia a rechazar o desvalorizar lo que la otra persona está sintiendo.

Frases como "no es para tanto" o "estás exagerando" invalidan la experiencia emocional del otro y cierran de golpe cualquier posibilidad de comunicación auténtica.

Para practicar la escucha activa, es fundamental aceptar que los sentimientos de la otra persona son importantes y válidos, independientemente de si los compartimos o no.

El Robo del Protagonismo: Cuando "Tu" Historia Importa Más

Finalmente, un error extremadamente común es el de secuestrar la conversación para contar nuestra propia historia.

Cuántas veces alguien ha comenzado a compartir una experiencia y, a los pocos segundos, le hemos interrumpido con un "a mí me pasó algo parecido" y hemos procedido a relatar nuestra propia vivencia.

Aunque nuestra historia pueda parecer similar, este acto desvía el foco de atención hacia nosotros, invalidando la necesidad de la otra persona de ser escuchada.

Si nuestro objetivo es practicar la escucha activa, debemos resistir este impulso y permitir que la otra persona sea la protagonista de su propio relato, dándole el espacio y el tiempo para que comparta su historia hasta el final sin interrupciones egocéntricas.

Resumen

Uno de los errores más comunes y automáticos al intentar escuchar es, simplemente, distraernos. Nuestra mente abandona la conversación y se pierde en un laberinto de pensamientos propios, desconectándonos por completo del momento presente.

Incluso cuando tenemos la intención de escuchar, a menudo caemos en la trampa de interrumpir constantemente. Este impulso nace de nuestro deseo de dar nuestra propia opinión sin esperar el momento adecuado, rompiendo el flujo comunicativo.

Con la mejor de las intenciones, solemos cometer el error de ofrecer una ayuda anticipada o una solución prematura. Nos apresuramos a dar consejos sin habernos tomado el tiempo suficiente para entender la situación en su totalidad.


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