El Docente como Ser Integral (Holístico)
Superando la fragmentación personal
Existe una creencia muy extendida que sugiere que el profesional debe dejar sus problemas y su "yo personal" en la puerta de la escuela para entrar al aula asumiendo un rol aséptico.
Sin embargo, el enfoque del coaching educativo propone que esta división es artificial y contraproducente. No podemos entrar a medias; somos seres integrales.
Cuando intentamos ocultar una parte de nosotros mismos, perdemos autenticidad y potencia en la conexión con el alumnado.
Entrar "enteros" significa aceptar nuestra humanidad, incluyendo nuestra vulnerabilidad y nuestra espiritualidad (entendida no como religión, sino como conexión con un propósito vital).
La conexión espiritual y humana en el aula
Cuando el docente se permite ser una persona completa, aporta una dimensión espiritual que trasciende la mera instrucción.
Se trata de esa "chispa" vital que permite conectar con el otro ser humano que está sentado en el pupitre. Esta conexión es lo que transforma una clase ordinaria en una experiencia de vida.
Ejemplo Práctico: Pensemos en un educador que está pasando por un duelo personal.
En lugar de fingir una alegría falsa (que los alumnos detectarán como incongruente), podría optar por compartir brevemente que hoy se siente un poco más bajo de energía, pero que está contento de estar allí compartiendo la clase.
Esta honestidad controlada humaniza al docente, valida las emociones tristes como parte de la vida y a menudo genera una respuesta empática y colaborativa por parte del grupo, fortaleciendo el vínculo pedagógico.
Resumen
El coaching educativo propone que la división entre el yo personal y el profesional es artificial. El docente debe entrar al aula como un ser integral para ser auténtico.
Aceptar la propia humanidad y vulnerabilidad permite una conexión espiritual que trasciende la simple instrucción. Esta "chispa" vital transforma una clase ordinaria en una experiencia de vida compartida.
La honestidad emocional controlada humaniza al maestro y genera respuestas empáticas en el grupo. Mostrar sentimientos legítimos valida las emociones de los alumnos y fortalece el vínculo pedagógico esencial.
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