Hábitos alimentarios

Actualizado: hace 4 días

Las alteraciones que ocurren en la sociedad, en contraste con décadas atrás, los novedosos estilos de vida, y cada vez más común ausencia de tiempo, han traído consigo que los individuos desayunen cada vez más apresurados y vagamente o que incluso a omiten esta comida. Esta situación empeora si se considera que además se ha determinado casi generalmente la tendencia a aligerar las cenas, ocurriendo así una repartición horaria de las comidas anormal con graves efectos en el estado nutricional y, en última instancia, en la salud. Las personas que desayunan diariamente todavía en ocasiones creen que el desayuno es poco placentero desde la perspectiva nutricional.



Puede ser que el desayuno sólo se asocie como la primera comida a lo largo del día. Pero esto no da a lugar a que se le tome por la menos importante, esta idea ignora importancia real que tiene el desayuno, fundamentalmente para los infantes y adolescentes, siendo éstos quienes con más alta frecuencia se saltan esta comida.

Prescindir del desayuno o tener semanalmente diversos desayunos nutricionalmente equivocados se relaciona con la disminución del rendimiento físico y mental, así como el menor consumo de nutrientes, lo que tiene como secuela desajustes y desequilibrios en la dieta. Por ejemplo, los infantes que no desayunan o lo hacen insatisfactoriamente evidencian dificultades para conseguir la ingesta normalizada de energía y nutrientes. Además de que una vez instaurados estos hábitos desde la edad infantil se tornará en extremo difícil solucionar en el adulto.

Para adquirir un óptimo estado de salud es fundamental una adecuada alimentación. Se ha de tomar en cuenta todas las comidas del día como fuentes medidas de energía. Está demostrado que la alimentación que no contempla el desayuno es casi imposible que sea nutricionalmente correcta. Esto es debido a que el desayuno debe tributar la cuarta parte de las calorías diarias, o sea es la comida que aporta la mayor porción, y asimismo constituye buena oportunidad para añadir alimentos imprescindibles en las dietas: lácteos, frutas y cereales, etcétera. Desayunar es definitivamente más que tomar un café, puesto que el café y las infusiones en general no contribuyen prácticamente con ningún nutriente.

Dicho todo esto, queda claro que el desayunar todos los días no es solo cuestión de rutina, sino que es imprescindible para un rendimiento normal tanto físico como intelectual. El cuerpo requiere de cierta disponibilidad de energía y nutrientes para un adecuado funcionamiento, sobre todo luego del ayuno inherente al horario de sueño. El desayuno otorga, efectivamente, la energía para arrancar el día. Por otra parte, desayunar bien es depositar de forma correcta el consumo en las distintas comidas, evitando una sobreabundancia en el almuerzo o cena.

En los momentos vitales de constante desarrollo (infancia y adolescencia) el desayuno desempeña un papel principal. Consumir lácteos (principal fuente de calcio) se vincula con la hora del desayuno, de forma que si éste no se cumple, la falla de calcio induciría insuficiencias que implicarían padecimientos (alteraciones del crecimiento, osteoporosis, etc.). En el caso de los adultos asegura la conservación de una dieta balanceada y en los adultos mayores, conjuntamente a ser una comida sabrosa y deseada, posee beneficios como que pueden incluirse alimentos fáciles de almacenar, cocinar, masticar y asimilar.

Los hábitos alimentarios

Según algunos resulta más fácil que un individuo cambie su creencia religiosa que sus hábitos alimentarios, ambos factores en todo caso son resultado de una línea de sucesivas generaciones. Pero en el caso alimenticio, se hace más evidentes las proyecciones los cambios de la vida actual. Ya se ha aludido a la significación que tiene esto para el hombre, con vista a conservar su salud, la obtención de energía y nutrientes.

Los disímiles ajustes que ha generado el hombre a lo largo de toda su evolución son los que le han concedido hoy día emplear diferentes productos. Aún así, éste no consume todos los alimentos que le están disponibles, debido a que su gestión alimentaria ha permanecido pautada, así sea por agentes nutricionales conectados con la persistencia u otros factores que fijan la elección y los hábitos alimentarios.

Los requerimientos nutricionales se presentan de forma similar en todas las personas (excluyendo circunstancias particulares tales como edad, sexo, actividad física, etc) pero cada estado, grupo e incluso cada individuo las resuelven en dependencia de sus hábitos alimentarios diferentes, lo que establece un límite entre lo que se necesita y se puede adquirir. Influyendo la conducta instintiva y lo que al hombre le apetece consumir.

Para un concepto formal de hábitos alimenticios:


“comportamiento más o menos consciente, colectivo en la mayoría de los casos y siempre repetitivo que conduce a la gente a seleccionar, preparar y consumir un determinado alimento o menú como una parte más de sus costumbres sociales, culturales y religiosas y que está influenciado por múltiples factores (socioeconómicos, culturales, geográficos, etc.).”

Dieta mediterránea


La dieta mediterránea es considerada como un arquetipo de alimentación saludable, siendo así declarada como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, en el año 2010. Las primeras referencias científicas sobre esta dieta datan de 1948, momento en que el epidemiólogo Leland g. Allbaugh investigó sobre la forma de vida de los nativos de la isla de Creta. El término adquirió superior categoría cuando AncelKeys, de la Universidad de Minnesota, EE.UU, entendido de los buenos hábitos de quienes habitaban los países que rodeaban el mar Mediterráneo, percibió que la reiteración de padecimientos coronarias era menor en esa zona.


Con esta evidencia comenzó sus estudios sobre la dieta y prácticas de las personas que moraban en ese entorno con la finalidad de dar con hipótesis que revelara, más allá de la genética, el porqué el disminuido número de eventos y fallecimientos causados por enfermedades cardiovasculares. La base de su hipótesis la constituyeron las verduras salpicadas con aceite de oliva crudo y el pan de trigo, puesto que se trataban de los alimentos más populares entre los habitantes de Nápoles (primera población estudiada).

Tiempo después, estableció que el menor número de eventos cardiovasculares podía corresponderse a una alimentación basada en frutas y verduras, cereales y granos no procesados, legumbres, pescado, frutos secos crudos como nueces y almendras, aceite de oliva y vino en las comidas. Todo esto cocinado de la forma más saludable y natural. A la caracterización del consumo se añadió el reporte de una actividad física regular, que en ese entonces tenía causalidad en la entrega de la población a la agricultura.


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